A la manera europea

Autora: Carmen Ibarlucea


Y, después de todo, era un día perfecto para una prueba ginecológica. Un día de un gris sereno, sin manchas. Tan estable y melancólico como el estado emocional de una mujer que no quiere pensar en las posibilidades negativas y se aferra a lo intrascendente de la vida para superar el miedo. El gris neblinoso por dentro y por fuera, haciendo del silencio fortaleza.

Esperar en la sala blanca y azulejada, que busca ser aséptica en la segunda acepción del término, sin comprometerse, sin mostrar emoción, sin expresar sentimientos. Esperar con un libro entre las manos, que no se abre para no contaminar la asepsia, pero que no se aleja del regazo para no perder la fortaleza.

Esperar.

Mirar con desafección a la gente que pasa. Mirar sin ver. Sacar del bolsillo el teléfono móvil para comprobar la hora y cerciorarse de que todo está bien, que aún no es la hora de la consulta, que no va tarde.

Esperando.

Mirar con curiosidad a las enfermeras que entran y salen de la sala, todas mujeres, todas parlanchinas, contentas en esa primera hora de la mañana. Escuchar sus risas desde la perplejidad de quien se siente ajena al trabajo estable, al protocolo de atención, al calendario laboral negociado por un sindicato.

Comprobar de nuevo el teléfono para ver si es una impresión subjetiva, o es cierto que se han escapado los minutos y que la esperada llamada se atrasa demasiado. Confirmar teléfono en mano que ya es más de media hora la que lleva de retraso sobre la hora de la cita. Levantarse con una sonrisa cortés, y preguntar con amabilidad a la enfermera que hace unos minutos comentaba con sus compañeras el último affaire de la prensa rosa.

– Discúlpeme. Tenía cita para una revisión ginecológica hace 45 minutos, pero no me han llamado aún.

Y una voz seca, cortante, molesta le responde:

– La máquina es nueva y aún no la entendemos bien. Cuando esté lista le avisamos. Espere.

Y la mujer regresa a su asiento, con el libro entre las manos y el teléfono silenciado en el bolsillo. Abre el libro por la pagina señalada con una cinta azul. El azul glasto es lo más parecido al azul periwinkle que ha podido encontrar, y le gusta rodearse de ese tono de azul que está presente en las paredes de su biblioteca. Marcar las páginas del libro con el color índigo es como traer un poco de su hogar entre las manos. Y se acomoda lo mejor que puede en la silla de plástico y abre las páginas escritas por Appiah, porque es una mujer a la que le gustan los placeres sencillos de la vida, como las buenas conversaciones que nos llegan a través de un libro. La cinta de color añil marca las páginas 190 y 191, la mujer sabe que ha dejado la lectura en las letras mayúsculas que abren la reflexión sobre las universalidades en conflicto. En conflicto, como ella se siente.

Para una mujer morena a la manera latinoamericana, de clase media, que nunca ha organizado una fiesta en el jardín, con carpa y farolillos, que no ha desafiado las normas de la buena educación masticando un pan con mantequilla fuera de la mesa del desayuno, porque en su entorno la máxima etiqueta requerida es masticar con la boca cerrada. Para una mujer así, cuyo linaje se pierde en la noche sórdida de la pobreza mestiza, leer a filósofos en su lengua original es un triunfo de su clase, y de su perseverancia. Appiah que es un intelectual reconocido mundialmente, y un aristócrata en dos de los cinco continentes, le dice: “Sin embargo, una verdad que sostenemos es que cada ser humano tiene obligaciones con todos los demás. Todos son importantes: esa es nuestra idea central”.

Ha pasado hora y media desde que se atrevió a preguntar. Las enfermeras (mujeres) y los médicos (hombres) entran y salen a veces en animada charla, a veces en reflexivo silencio, pero a ella nadie la mira. Vuelve a la lectura del ensayo, ha llegado al capítulo final “La benevolencia con los extraños” y se siente fuerte y capaz.

Hace una hora fue al baño. Ahora una mujer, con un pijama blanco y cómodos zuecos, pronuncia su nombre desde la puerta de la sala donde le harán la revisión. Han pasado dos horas desde que la citaron.

La consulta es larga y estrecha. Una puerta separa dos estancias. La primera donde se encuentra la mesa de despacho tras la cual se sienta el ginecólogo, la segunda separada por una puerta de cristal, acoge una máquina de diagnóstico a través de cuya cámara podrán ver su útero y el estado de sus ovarios.

Un ginecólogo de pelo cano, escribe en sus informes con la cabeza inclinada sobre la mesa. La enfermera le indica que traspase la puerta de cristal que está abierta comunicando los dos espacios. La mujer entra y la enfermera le dice:

– Desnúdate y túmbate ahí.

Y sale de la sala dejando abierta la puerta tras de sí.

La mujer casi se desnuda, no sabe qué hacer con su sangre menstrual, esa que baja por su vagina y mancha la parte interna de sus muslos desde hace dos meses. Hace frío.

Espera en pie, descalza.

La enfermera vuelve y le indica que suba a la camilla de reconocimiento. Coloca un pañal quirúrgico a la altura de sus glúteos que se elevan siguiendo la línea de sus rodillas dobladas en un ángulo de 90º y separadas entre sí algo más de 110º. Sale de nuevo.

La mujer ha dejado su libro y su teléfono junto a la ropa. Esperando.

Entran ahora dos enfermeras (mujeres) y dos médicos (hombres) que vienen conversando  desde el pasillo. Ajustan los mandos del aparato de diagnóstico. Una voz masculina le indica “relájese” y una mano enguantada introduciendo un pequeño transductor, enfundado en un condón, en su vagina.

La mujer sabe que está allí para descartar la posibilidad de que el sangrado sea originado por un cáncer, los médicos (hombres) y las enfermeras (mujeres) también.

El médico más mayor continua diciendo:

– …pues no sé si merece la pena el arreglo y los inconvenientes de pasar la ITV, aunque comprar uno nuevo tampoco es tan fácil.

A lo que una de las enfermeras responde:

– ¿Pero de qué presupuesto hablamos? A mí el plan renove no me compensaba de modo que lo he vendido en Milanuncios.

El doctor más joven continua:

– No quiero ser aguafiestas, pero lo de los coches siempre es un quebradero de cabeza. Yo prefiero las motos. Ahora tengo una Honda Gold GL 1800  de dos plazas que puede llevar equipaje y es lo mejor, bueno para viajar y bueno para venir al trabajo.

La enfermera más mayor ríe en voz alta:

–  Pues yo prefiero un buen coche para los días de lluvia.

La mujer semi-inclinada mira la pantalla y escucha la conversación. Ha comenzado a llorar suavemente, pero ahora un hipido ha llamado la atención de las otras cuatro personas que comparten con ella la sala de diagnóstico.

El médico más joven, el que viaja a lomos de una Turing, le dice condescendiente:

– No llore señora. Todo se ve bien, puedo asegurarle que no tiene cáncer.

La mujer no puede hablar, si habla el llanto crecerá tanto que la dominará.

La primera enfermera le dice secamente:

– Ya puede vestirse.

Cuatro personas salen de la sala. Mientras la paciente se pone en pie. La sangre mancha la parte interior de sus muslos y llega hasta sus rodillas. Se limpia con el pañal quirúrgico, mientras camina descalza hasta la silla donde ha dejado su ropa. Alcanza, alargando el brazo, las bragas y la compresa semi-escondidas entre los pantalones. Se viste, se endereza y echa atrás los hombros antes de salir.

El ginecólogo del pelo canoso y el automóvil averiado, le dice en tono de disculpa, sin llegar a comprender lo que ha sucedido.

– No llore mujer, no hay que ponerse en lo peor.

La mujer, con las lágrimas secas en su cara y la humedad de la sangre entre sus piernas, en un susurro responde:

– No es miedo. Es dignidad.

Anuncios