“¿Sabes que estás hablando de Teoría de Género?” 

La construcción patriarcal de la diferencia entre la masculinidad y la feminidad es la diferencia política entre la libertad y el sometimiento” Carole Pateman 

http://pin.it/EWVsbXU

Soy una mujer de cincuenta años y he tenido una experiencia traumática en un aula de la ESO. No, no soy docente, ni tampoco estudiante. No soy especialista certificada en nada. Me gano la vida como narradora oral, contando cuentos de diversas culturas del planeta, del presente y del pasado. Pero lo hago siempre, como lo hago casi todo, motivando al diálogo y a la reflexión, buscando ver un poco más allá, buscando entender contextos, pero también deshaciendo los caminos de la propaganda cultural.

Ganarse la vida contando cuentos no es tarea fácil, por eso habitualmente lo enmarco dentro de programas que están subvencionados con dinero público, o sea dinero de todas para el bien común (o eso debería ser). Ya he cumplido catorce años viviendo del cuento, y en este tiempo he pisado muchas localidades, muchos espacios culturales, muchas plazas, muchos teatros y también, obviamente muchos colegios públicos y concertados. He tenido muchas experiencias sorprendentes, pero pocas que merezcan la pena ser compartidas por escrito.

Y fue en este contexto, de la financiación administrativa, donde he tenido esa experiencia traumática. El colegio era concertado religioso, de la religión católica que es aún hoy la mayoritaria en el territorio del Estado español. Estaba yo comenzando a contar un mito, situando a mi público adolescente en el contexto geográfico y cultural: Creta tres mil años atrás, en el extremo mediterráneo de la Vieja Europa. Explicando la forma de gobierno de la isla y el choque cultural que dio origen a la historia en la que una mujer, de profesión reina, sacerdotisa y gestora, da a luz a varios hijos e hijas, entre ellos uno que era un hombre en todo menos en la cabeza, al que llamó Minotauro, y entre ellas una a la que llamó Ariadna.

Y en medio de mi ensoñación mediterránea, una voz proveniente del circulo que habíamos formado para facilitar el diálogo y la escucha, me dice: “¿sabes que estás hablando de Teoría de género? “. Pues sí, lo sé. Mi actividad se enmarca en un programa para promover la equidad de género. No hay nada en la teoría del programa que esté avalado por la Ley Natural pienso para mí, sin abrir la boca.

“Esa es un ideología contraria a las bases morales de este centro. Por lo que te tengo que pedir que reconduzcas la actividad o salgas de la clase” me dice la voz autorizada. “Aquí hablamos de igualdad entre los dos sexos”. Le propuse debatir allí mismo la diferencia entre su ideología y la mía, pero se negó rotundamente “son cosas que los niños no deben escuchar.”

Me quedó claro que la voz autorizada había hecho sus tareas. Supongo que lo que no pensó es que yo hubiera hecho las mías. Quizás hubiera sido más digno por mi parte recoger mis cosas y salir, despidiéndome secamente. Pero, por un lado soy hija del patriarcado y no logro liberarme del sentimiento de responsabilidad que me impele a cumplir con mis obligaciones laborales, y por otra parte no quería mostrarme ante aquellas adolescentes como una feminista vencida, si era la primera vez que veían a una feminista militante, que no la recordaran huyendo. Y me quedé hasta completar mi tiempo, reconduje mi actividad y pase a hablar de Personas. Desde ese momento, para mi en el aula todas eran personas y todas juntas eramos nosotras. Nosotras hacemos, nosotras sentimos, nosotras, vosotras, ellas… las personas.

Durante aquella hora de tortura en la que la histórica división sexual del trabajo no parecía tener nada que ver con un sistema de ideas, creencias, normas y valores; esa hora en la que tuve que recordarme a mí misma que allí, en esa entidad universal, lo personal no es político. Me preguntaba qué habría hecho Marcela Lagarde en mi lugar, y mientras desgranaba mi paseo por la historia en voz alta, mantenía una lucha interior conmigo misma para librarme de la mezquindad aprendida y ser capaz de discernir con inteligencia empática cuál era mi papel en ese aula.

La experiencia de convivencia entre la Teoría de Género y la iusnaturalis en un espacio y un tiempo concentrados no deja de golpear mi cabeza. La defensa de los derechos de Teseo para pasar a la historia como protagonista del relato al haber sido el vencedor del “monstruo” (soy ecofeminista y me duelen las injurias sobre el inocente herbívoro), y la justificación de la desaparición de Ariadna del imaginario colectivo que con ardor defendían aquellas adolescentes (ellas y ellos), que conocían el mito pero no el nombre de la mujer que ideó el plan para no perderse dentro del laberinto, me hacen ver que tenemos mucha tarea por hacer en el camino hacia la libertad.

Un mundo dividido entre hombres y mujeres que pueden formarse y trabajar en lo que deseen remuneradamente, pero sin permitirse la libertad de ser tan sensibles o tan pro-activas como su propia personalidad, desarrollada con las menores presiones sociales posibles, les dicte. No es un mundo donde podamos encontrar una igualdad de derechos en la diversidad.

Las personas somos complejas, cada cual a nuestro modo, nos debatimos entre ser aceptadas y ser rebeldes, entre merecer el amor (no el romántico sino el de nuestra comunidad) o trabajar para que el tan necesario amor no sea un camino de chantajes y manipulaciones. Y esa lucha que mantenemos con nosotras cada día, a cada instante, en amplios sectores de la población convive con una presión añadida, la presión de la negación.

Quienes me conocen saben que soy una persona sonriente, me esfuerzo por ser amable y paciente el mayor tiempo posible. Son para mi valores asociados a la utopía personal de cómo debe ser una sociedad respetuosa, sin embargo no me siento femenina, al menos no todo el tiempo. Soy plenamente consciente de ser una mujer en esta sociedad, he crecido escuchando a mi padre exigirme no llorar para poder estar “a la altura” de los hombres, una altura inalcanzable al parecer para las personas que lloramos cuando estamos tristes o frustradas, sea cual sea nuestro sexo.

Y escribo, porque no logro sacar de mi cabeza aquel día, aquellas caras como máscaras, aquellos ojos que me miraban con desdén. No me duele tanto la voz autorizada que había solicitado con dinero público recibir una hora de igualitarismo acrítico, como me duelen las minifaldas tableadas de las chicas y los pantalones grises de los chicos, en un día de lluvia y frío.

Texto: Carmen Ibarlucea (‪@CIbarlucea)


Anuncios